martes, 18 de agosto de 2009

Princesa Muerta

[Eduardo Rivera, Princesita (2007)]


Hoy ha muerto una princesa. No engulló pastillas
para llamar la atención como mal criada chiquilla.
No empuño un cuchillo asesino
para hacer sentir culpable a aquel infame niño
que la engañó por otra, con menos dinero
pero que no guardaba en su corazón puro veneno.
Tampoco usó el popular gas de la cocina
pues quería provocar espanto entre su familia y la vecina
que tanto hablaba de la pobre princesita
si su propia hija, sangre de su sangre, era igual de putita.
No quiso tampoco saltar del piso once de un edificio
ni abrir en su cráneo con una 9mm un orificio
¡Menos mal! Sino hubiera manchado sus cobertores de color rosa
y el perro hubiera terminado lamiendo la sangre de aquella indecorosa
que osó toda enseñanza que le impusieron en su colegio de monjas.
Que no lloré la madre, que calme su congoja
si a su hija querida en una capilla llena de velas será despedida
a pesar de que por la misma iglesia y por la biblia esté prohibida
la entrada al reino de los cielos de aqulla niña impura
¿Por qué no habrá sido más sumisa y menos cabeza dura?
¿Acaso no sólo dios puede quitar la vida?
¡Qué se habrá creído aquella de los rediles del señor perdida!
Oh, y el padre que encontró a su pobre niñita en lo alto colgada
no se le asomó por su pequeña mente cuando la azotaba.
Se espantaba si su hija tenía sexo antes de los dieciseis
y calmaba sus iras con unos cuantos vasos de whisky escocés.
Y si se enteraba que el sexo había sido por el ano
no quedaba otra que desembolsar su preciado habano cubano.
Pobre princesita, vivía allá en lo alto, nunca pasó hambre
¿Habrá sabido ella que eran esos espantosos calambres
que dan en la guata cuando no hay que comer?
Sus problemas eran odiar a esa mujer
desgraciada que había comprado el mismo vestido
traído de Francia, de seda, y de iguales coloridos.
Pero no todo en la princesa era codicia y herejía
pues, aunque siendo chiquitita, en su alma alojaba rebeldía:
¡Abajo monjas, no seguiremos sus reglas de pacotilla,
usaremos la falda más arriba de las rodillas!

La desesperada princesa, desalmada y despreciada
en las alturas de su cuarto quedó colgada y helada
Pobre de ella, ¡se ahorcó sin que nadie la condenara!

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